miércoles, 12 de agosto de 1987

Del Mar Caspio, de la voluntad de ser

Esto de pretender comunicarse es un oficio ingrato. No aspiro a presentarme como víctima de un esfuerzo solitario. El dificultoso andar de esta comunidad de límites dudosos que llamamos país obliga a una inmensa mayoría a aceptar condiciones que no son las más agradables.

Pero con una imagen general fantasiosa del periodista, deberá saberse que, por curiosa contradicción, es éste un hombre o una mujer que contra su voluntad o no, en muchos sentidos se aisla, por las horas que le insume su tarea, por la absorción a la que ésta lo somete.

De manera que para un periodista platense, mucho más si lo es por una adopción que apenas lleva dos años, el teatro El Sótano puede ser un lugar recién descubierto.

Y es seguro que no son pocos los platenses de toda la vida que no han invertido una noche en tomar contacto con ese rincón que a un tiempo exhibe precariedad y osadía.

Armando Di Cocco, viernes y sábados a las 21.30, arriesga todo allí al llevar a escena "Del Mar Caspio", versión libre del Diario de un Loco que dirige Edgardo Molina, con la escenografía de Jorge Pérez.

El cronista -al que algún lector en extremo fiel podrá recordar como comentarista político- no se siente habilitado para incursionar en la consideración técnico teatral, pero con su intensión de comunicarse, sí se siente obligado a hacer saber sobre aconteceres humanos como la perseverancia, la búsqueda de la expresión en condiciones verdaderamente poco aptas, el amor
por la vida que se puede palpar en un actor que abraza una pieza complicadísima en el lugar tal vez menos apropiado.

El platense que no conozca El Sótano no podrá tener una imagen cabal de la singular voluntad a la que tiene que echar mano un actor y un director para exponer su arte en ese ámbito. Tiene que verlo por sí mismo.

Como aproximación, puede tener en cuenta por ejemplo que simplemente no hay escenario que el público está a apenas unos centímetros del actor, quien en función de segundos vuela incansablemente de un personaje a otro, diferentes y hasta contrapuestos entre sí. Y es ese mismo actor que capitalizando la maravillosa imaginación del escenógrafo cambia el ámbito con el simple movimiento de unas cintas elásticas y encendiendo y apagando luces, el mismo.

Entonces el comentarista político no puede hablar en el plano técnico teatral, pero sale sí con la convicción absoluta de que muchos, o todos si es posible, deben saberlo, deber informarse de esa casi increíble voluntad de crear y hacer.

Porque son estos los hechos humanos que, cualitativamente, ratifican condiciones reservas o instintos, componentes de una condición de ser frente a los cuales ninguna crisis o ningún afiebrado mandamás , ningún pasado de silencio puesto a la fuerza de muerte y que aún prolongue su halo siniestro, puede tener esperanzas de una victoria definitiva.

Si alguien cree lo contrario, si alguien no puede darse cuenta que hechos como éste demuestran que llegará el día en que estaremos totalmente vivos, totalmente libres, cuenta con la posibilidad de verficarlo entre otra decena de verdades, se lo dirá cada gota de sudor de Di Cocco que tendrá casi al alcance de su mano.

La Razón de La Plata (12 de agosto de 1987)