lunes, 29 de marzo de 2010

Estelares: mágico corazón radiofónico


29.03.2010 | 17:54

Viaje a la intimidad de una banda que creció en las sombras y ardió a fuerza de canciones heroicas.

Manuel Moretti

Un paranoico sube a un taxi. el tachero le pregunta a donde lo lleva. el paranoico le dice: "No te hagás el boludo que vos sabés bien adónde voy". Fin del chiste. Los comensales se ríen. Mientras corto un pedazo de carne y alguien me sirve un poco más de vino, me pregunto quién inventará los chistes. No los chistes que pueden salir de los libretistas de humor, los que se representan en la televisión o en el teatro de revistas, sino los chistes callejeros, esos chistes cuzcos o cimarrones que parecen no tener dueño. Un amigo se jactaba de haber inventado un chiste y de haberlo puesto a circular en un cumpleaños. Al año exacto, me dijo, un desconocido, en otra reunión, le contó su chiste. Mi amigo se emocionó. ¿Pasará lo mismo con las canciones? Más allá de SADAIC y los derechos de autor, ¿no será emocionante escuchar que alguien cante una canción desconocida –para él– y que uno sea el autor? ¿No sería genial no tener que vivir de las canciones y sí vivir en las canciones?

Comiendo a mi izquierda tengo a un compositor. Su nombre es Manuel Moretti y es el líder de un grupo que se llama Estelares. Parece un nombre propicio también para una murga: Los Estelares del Club Bristol o para un grupo de cumbia. Moretti me contó que se le ocurrió el nombre porque quería algo bien popular, algo para contrarrestar el efecto grunge de los años en que Los Estelitas –como él les dice– empezaron a rodar. Desde que lo conocí, Moretti me hizo conocer dos cosas: sus canciones y sus amigos. Pablo Strozza, un periodista de rock, me dijo una vez que lo que muestra la vigencia de un grupo es que pueda tocar los temas viejos y hacerlos sonar actuales. 

Estelares tiene eso; pienso en el genial "La remera", del disco debut. O "El corazón sobre todo", del segundo disco (regrabada años después en el álbum de quiebre: Sistema nervioso central). Pero Moretti posee un tesoro superior: conserva los mismos amigos de las épocas duras, aquella de los saltos de trabajo y de las incertidumbres vitales y psíquicas. Los que lo ayudaron con casa, comida y afecto y lo blindaron para que pudiera hacer los estribillos de esas canciones inolvidables que te sacan el día para adelante, que aderezan el último whisky de la noche y que te convierten –sin salir de tu casa– en el héroe de tu propia retrospectiva. La canción crece en la mente de un compositor, pero se instala en el pecho de los que la escuchamos y la tarareamos, con un sentimiento eléctrico parecido al amor. Y algo de eso hay en torno de esta mesa donde estamos comiendo un asado perfecto. 

El lugar se llama El Rincón, queda en Villa Elisa. El parrillero y dueño de casa –una casa con diez pinos, con mucho pasto y rodeada de otras pequeñas casitas desperdigadas en medio de un bosque– se llama Juan Martínez Zuviría y es una pena que Juan José Saer –un gran escritor, famoso por su pasión al describir fenomenológicamente el rito del asado– se haya muerto sin conocerlo, sin poder probar esto que estamos comiendo. "El asado que hago es así de sencillo", me dice Juan. "se hace lentamente y con bastante fuego". El tipo tampocole pone firuletes a la cosa. Saca la carne o el chorizode la parrilla y la pone sobre una tabla de maderadonde todos cortamos y comemos. No hay platos individuales, no hay ensaladas para tranquilizar a las buenas conciencias. Hay carne, pan y vino. Y a la carne se la caranchea como al pescado. Mirándolo a Juan pienso que alguien tendría que escribir un ensayo sobre estas personas a las que conocemos de golpe y que, por esos misterios insondables de la empatía, al rato ya nos parecen amigos desde hace mucho. Puede ser que el vino que tomamos ayude. El vino es la puntuación del asado. Además de Juan, está el Pato Ragadale, un locutor que solía ponerle voz con un falsete mexicano a ese delirio que se llamó Televisión abierta, ¿se acuerdan? Y Nacho –primo de Juan– y Ricardo o "Richard", un periodista que escribió un libro sobre Estela de Carlotto. 

La conversación salta de temas, como un CD rayado. Yo les digo que, ahora, me parece que lo mejor que hizo Charly García fue Sui Generis. Consigo una reprobación general. Arremeto: les digo que el último disco de Sui es un oráculo, que Charly se anticipó a la guerra por la Ley de Medios. "¿No escucharon cuando canta «tendremos un hijo si quiere venir, muchos desayunos y ningún Clarín»?" Todos se sirven más vino. Se empieza a discutir si Cappa debería o no haber perdonado a De Federico que, según dice Moretti, quiere volver a Huracán porque lo tienen colgado en Brasil. El tema es importante porque Moretti, cuando habla de fútbol, se pone muy serio. El jugó en inferiores en Junín y siempre repite que podría haber sido un gran futbolista, si se hubiera puesto las pilas. "Yo tenía ubicación en la cancha, sabía cómo dosificar el juego." Por lo que dice, parece que jugaba en el medio, como un cinco. "Era más un ocho –me corrige–, más ofensivo". Una vez, cuando me contó cómo fue el despegue de Estelares de un grupo de culto a un grupo popular, me dijo que Juanchi Baleirón –el productor de Sistema nervioso central– le dijo que escribiera las canciones con estribillos, que las volviera hits, que él intuía que la música de Moretti tenía eso en potencia. "Entonces pensé que no quería que me volviera a pasar lo que me pasó con el fútbol, no quería perder el tren otra vez y me puse a componer para dar todo."

El Pato Ragadale esta filmando a Estelares. Los filmó cuando hicieron su primer Opera y mientras grababan Una temporada en el amor, su disco del año pasado. Supongo que Ragadale y Moretti son testigos mutuos. ¿Qué es un testigo? Escribe Sándor Márai en La mujer justa: "En la vida de todos los seres humanos hay un testigo al que conocemos desde jóvenes y que es más fuerte. Hacemos todo lo posible para esconder de la mirada de ese juez impasible lo deshonroso que albergamos en nuestro seno. Pero el testigo no se fía, sabe algo que nadie más sabe. Pueden nombrarnos ministros o concedernos el Premio Nobel, pero el testigo tan solo nos mira y sonríe. Todo lo que hace uno en la vida acaba haciéndolo para el testigo. Para convencerlo, para demostrarle algo". Ragadale y Moretti se conocieron en La Plata, cuando los dos tenían poco trabajo.

"Moretti trabajaba en un videoclub y yo pasaba a hacerle compañía, fumar un pucho o tomar unos mates", dice el Pato con su voz de acero. Ahora pasamos de la galería al hall de la casa donde hay un televisor. El Pato nos muestra el video que está editando. Los Estelares en el estudio versionando su último disco, grabándolo, corrigiéndolo. Moretti canta "Un viaje a Irlanda". Yo les digo –mientras salgo del hall, voy a la parrilla, corto otro pedazo de carne, vuelvo a sentarme frente a la pantalla– que ese tema es el que me hizo entrar en la música de Estelares. "Fibertel me dijo lo mismo. Me dijo que cuando aparece ese tema al final del disco, uno vuelve a escuchar de nuevo todo el CD", dice Moretti. "Fibertel" es Horacio Fiebelkorn, un gran poeta que vivió los años de bohemia con Moretti en La Plata. Le decimos Fibertel porque es más fácil que decirle Fiebelkorn. Fibertel tiene razón: "Un viaje a Irlanda" es un prodigio compositivo, una canción épica donde Moretti se vuela y uno vislumbra el futuro de Estelares. Una noche yo la llegué a poner como diez veces seguidas.

Cuando terminamos de ver el video pasa Juan sirviendo más vino. Después va hacia un cajón y saca un álbum de fotos. Me muestra cómo se fue construyendo la casa en la que estamos. Paso una a una las fotos. Está Juan, hay amigos, hay chicos, hay una mujer, una nena, hay obreros levantando los cimientos, poniendo las maderas. Si paso las fotos rápido, se produce el efecto cinético de la gente moviéndose, la casa construyéndose. "La abuela se durmió", me dice Ragadale al pasar. En un sillón de cuero está Moretti desmayado. "La abuela siempre se duerme", dice Juan. Salgo del living, cruzo la galería y de pie en el pasto miro la noche negra. Hay relámpagos en un costado del cielo. Nacho, el primo de Juan, se acerca con un vaso a media asta y me señala una casita que brilla a lo lejos. "Esa es mi casa", me dice. "¿Ves la luz de la tele? Es mi mujer que no puede dormirse." Me acuerdo de Jay Gatsby. El tipo que había construido su casa en el punto arquitectónico exacto que le permitía ver la casa de enfrente, donde vivía su amada con otro hombre.

Jean-Paul Sartre se preguntaba como dar cuenta de un hombre en su totalidad. Para ese experimento, usaba un montón de papel. Su libro El idiota de la familia, sobre Flaubert, es más grueso que el tórax de Tyson. ¿Cómo hacer, entonces, para dar cuenta de las múltiples personalidades que forman una banda de rock? Es como intentar armar el cubo de Rubik, cada lado con su color. Imposible. Vi a los Estelares en completo en tres oportunidades. En una, estaban en un pequeño estudio ensayando para sus recitales de fin de año en un teatro de San Telmo. Moretti me los presentó y me ofreció que me sentara en un costado del estudio. Afuera hacía un calor infernal y en el rectángulo donde la banda ensayaba el aire acondicionado estaba al mango. Los Estelares son: Carlos Sánchez en batería, Víctor Bertamoni en guitarra, Moretti en guitarra y canto, y Pali Silvera en bajo. También estaban como invitados Eduardo Minervino en teclados y Sebastián Escofet en guitarras. La segunda vez que vi a los Estelares, ellos estaban en el escenario dando un show arrollador, emotivo y ajustado. Me llamó la atención el público con banderas que trataba de acercarse al escenario para corear cada uno de los temas del grupo. Era un público que se había venido macerando con los años de rodaje de la banda. Esos que conocen las primeras canciones, que tienen sus temas preferidos y sus tics naturales ante cada presentación del elenco. Moretti, en escena, no toca la guitarra, se dedica a cantar, como si fuera la voz de una orquesta típica de tango.

Hay un verso de Manuel que es hermoso. Dice "Me quedan pocas cosas, / si las enumero sabrás que son demasiado pocas". Forma parte de una canción que es un himno de los Estelitas ("El corazón sobre todo") y que ellos grabaron en dos oportunidades. En el segundo álbum y –varios años después– en el cuarto, cuando la banda estalló en las radios y el jeep que no arrancaba salió del barro y picó en punta. La tercera vez que vi a la banda fue en un bar del "cuadrado", en pleno centro de La Plata. Fue sobre el tiempo de descuento de una tarde calurosa con un cielo plomizo y una tormenta que se venía gestando y parecía estar a punto caramelo.

Bertamoni, que en el escenario está en un costado, concentrado hablándole a la guitarra como si fuera una chica difícil a la que tiene que convencer, fue el primero que llegó. Es de Junín, como Manuel, y parece un tipo tranquilo –ojo, parece–. Me contó sobre la prehistoria de Estelares: "Manuel tenía una banda que se llamaba Licuados Corazones, que era buenísima. Eso era a mediados de los 80. Yo los vi un par de veces tocando en Junín. Esa banda era una mezcla de The Cure, Sumo y Talking Heads; nadie entendía nada cuando la veían. Yo, mientras tanto, tocaba en una banda que se llamaba El Cuerpo Limitado. Después vengo de Junín a La Plata para vivir con una tía y estudiar Diseño Gráfico y justo nuestras bandas se disuelven y empezamos a vernos con Manuel. Formamos Peregrinos, que después mutó en Estelares".

Pero en el medio, dice Bertamoni, hubo un camino ripioso. La banda iba y venía, se disolvió, él empezó a tocar en un conjunto de tango, le dijo a Manuel que se comprara un guitarrón y se les uniera. Tocaron un par de veces, se disolvieron, parecían tener el destino de las pastillas efervescentes. Manuel se entusiasmó con el jazz y la música negra. "Era un berrinche suyo, quería ponerle a las canciones que hacía saxo, clarinete, estaba copado con Miles Davis, esas cosas", dice Víctor. "Cuando se volvió loco con el jazz no se entendía nada", dice Pali Silvera, que acaba de llegar y se sienta entre Manuel y yo. El grupo o lo que eso signifique dice que Pablo "Pali" Silvera es un hombre de pocas palabras. "Pali ahora habla un poco, pero antes no decía casi nada. Me acuerdo del día que yo le llevé un demo para que lo escuchara y ver si se quería unir a Estelares. Lo escuchó, me dijo que sí, pero no parecía muy entusiasmado. ¿Estará copado Pali?, nos preguntábamos con Víctor." El mundo, se sabe, premia más a los extravertidos que a los introvertidos. Pali Silvera es el introvertido de un grupo cuyos integrantes son –tal vez con excepción del batero– "metidos para adentro". Sin embargo, acá, en la mesa, mientras apura la cerveza y el viento empieza a liberar las primeras gotas de lo que será en breve una tormenta hecha y derecha, el tipo irradia un magnetismo especial. Habla de cómo compuso el tema "No hay más": "Lo escribí cuando volvía del analista. Siempre me volvía caminando y ahí es cuando tenés todo dando vueltas. Me acuerdo que tenía la parte de la estrofa, los versos, pero no el estribillo. Y me dije: tal vez ahora, cuando llegue a casa, este estribillo concuerde con los versos. Ojalá que sí".

Moretti dice que estaban en la casa de Fito Páez cuando le dicen a Pali que se toque algo y entonces el tipo agarra la guitarra y se larga con la canción "No hay más". Después remarca: "Es un tema súper platense". 
"¿Qué es lo platense?", le pregunto. 
"No sé, no te lo podría explicar", me dice. Pali, el que no habla nunca, dice: "A mí me gusta Bowie, Pulp, Virus. Cuando era chico componía cosas, pero después dejé porque no me salía nada. En realidad, yo aprendí a componer por Manuel. Porque comparto un montón de tiempo acá, con ellos, tratando de ver cómo se hace una canción. Cuando tenés un compositor de oficio cerca tuyo te empiezan a salir un montón de cosas". El último Estelares en llegar se sienta justo enfrente de mí. Parece el más joven de todos los que estamos en la mesa. Se llama Carlos Sánchez, los del grupo le dicen Carlitos, y a mí me hace acordar a un compañero del mas que tuve en la facultad. Pero Carlos no usa boina negra. Los de la banda lo adjetivan por el lado del tiempo. "Carlitos, dicen, es un relojito". Carlos empezó a tocar en el 88 en una banda de covers que se llamaba Polera Negra. Después se pasó a los Caracoles –más covers, pero del rock argento– y de ahí saltó a La Pelada, la primera banda stone de La Plata. En el 95 se salió de la escena y empezó a formar una banda zeppelinosa con su hermano y un amigo. Hasta que el amigo se va a México y Carlos recala en Gonet, se queda sin banda y se concentra en recibirse de diseñador industrial. En el 99 lo va a buscar Manuel a la facultad y le ofrece unirse a Estelares.

"Estaba bueno lo que me ofrecía, pero yo quería terminar la facultad. Me acuerdo que pensé: «En cuanto se me complique con las entregas, voy a tener que dejar la banda». Y eso es un bajón. Yo había sacado voluntad para recibirme y quería terminar." Después a Carlos sólo le quedaba la tesis y ahí pensó que podía pilotear estar en Estelares. "Me acuerdo que el primer ensayo fue en la casa de Pali y que hacía tres años que yo no tocaba. Conté cuatro y salimos y fue una sensación muy distinta de la de las otras bandas donde había estado. Me gustaron los temas. La canción es muy difícil de tocar. Tenés que ser muy medido. Primero tenés que ubicar un lugar en la banda, decirte: «Yo acá soy el soporte para que estos tres tipos se explayen». Tenés que dejar lugar para las violas, las melodías, la voz, la letra."

Finalmente, se larga una lluvia torrencial. Los comensales se dispersan y sobre la vereda del bar quedan cinco sillas despatarradas que, al ser empujadas por el viento y amontonadas, parecen que estuvieran sosteniendo un scrum extraño. Cayó la noche profunda –paró el agua– y voy con Moretti en el auto. Estamos atravesando un bosque. Me dice que hay unos amigos suyos que nos esperan con un asado. Es en El Rincón, un lugar de Villa Elisa. Pienso en las canciones, en mis amigos que también viven en estos bosques que tanto me gustan. En las personas que amamos, en los pinches tiranos. Si las enumero, son demasiadas pocas cosas. Pero centrales.

Por Fabián Casas

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