domingo, 12 de agosto de 2012

Arístides Vargas: La dolorosa experiencia del exilio político transformada en teatro

12.08.2012 | Entrevista A Arístides Vargas

Arístides Vargas es hoy una de las figuras internacionales más preciadas del teatro argentino. Fundó con su mujer, la española Charo Francés, el grupo Malayerba, en Ecuador. Exiliado a fines de 1975, víctima de la represión, en sus obras expresa magistral y conmovedoramente el trauma vivo de la dictadura.

Por:
Jorge Dubatti


A fines de 1975, cuando tenía apenas 20 años, Arístides Vargas se vio forzado a salir de nuestro país. Había nacido en Córdoba, en 1954, y estaba estudiando teatro en la Universidad Nacional de Cuyo. Víctima del terror y la represión, se exilió en Ecuador, donde fundó el prestigioso grupo Malayerba, junto a su mujer, la española Charo Francés.

Poco a poco la Argentina ha ido recuperando su teatro. Sus bellas obras –Donde el viento hace buñuelos, La razón blindada, La edad de la ciruela, La muchacha de los libros usados, Jardín de pulpos, entre muchas otras– hoy son reconocidas entre lo mejor de la dramaturgia nacional contemporánea, y no paran de ser llevadas a escena por incontables grupos, especialmente por los más jóvenes.

Tras un grave accidente automovilístico, en Chile, que ha dejado a Vargas y Francés milagrosamente ilesos pero muy impresionados, los integrantes de Malayerba han regresado a Argentina para visitar a la familia, para ver la versión de Flores arrancadas a la niebla (que se presenta en Andamio 90, con dirección de Ana Woolf) y para encontrarse con la edición de sus obras publicadas por la Universidad Nacional de San Luis en dos volúmenes. La experiencia de Vargas es una síntesis de los procesos del exilio argentino, tema que regresa con variaciones en todo su teatro.

–El grupo Malayerba es hoy uno de los referentes del teatro internacional. ¿Cómo nació?

Arístides Vargas: –Malayerba se gesta en Ecuador a finales de los '70. Nos encontramos allí varias personas, en aquella época era muy común encontrarse porque en muchos países de América Latina había dictaduras. La gente se exiliaba mucho, viajaba mucho, y tuvimos la oportunidad de conocer a extraordinarios maestros del teatro latinoamericano viviendo una situación tan terrible como el exilio. Con Charo nos encontramos en casa de Susana Pautasso, otra de las compañeras argentinas exiliadas, cordobesa. Con ella fundamos Malayerba en Quito. Lo fundamos porque teníamos demasiadas carencias y porque de pronto necesitábamos una familia. Como no teníamos nuestra familia cerca y no teníamos nuestro país a mano, decidimos fundar una especie de micropaís, de microfamilia al que llamamos Malayerba. Al comienzo nos gustaba estar juntos pero no estrenábamos obras. Ensayábamos muchas horas, ocho horas diarias de entrenamiento, la primera obra nos llevó tres años hacerla. Estábamos creando lazos de exilio, que pasan fundamentalmente por lo afectivo. Afectuosamente nos sentíamos bien, y para nosotros eso era suficiente.

Charo Francés: –Todos cometemos errores en la vida, y el mío fue que me enamoré de un ecuatoriano en España. Él fue a hacer un posgrado a la universidad en la que yo estudiaba, Filosofía, por cierto, y él me dijo que éramos más necesarios en el Ecuador que en España. En mi país Franco ya estaba muerto, teníamos que ir al Ecuador para salvarlo, para hacer la revolución. Por eso me fui, y fracasé rotundamente, después de 34 años debo decir que Ecuador sigue tan mal o peor que cuando llegué. Fue muy fácil hacer Malayerba porque, como dijo Arístides, estábamos muy solos. Todos. Necesitábamos a alguien más. No sé, los veía a los actores ecuatorianos, los veía mejores o peores, pero no pasaba nada. Un día me fui a duchar a casa de Susana Pautasso y ella me dio dos toallas: una para el cuerpo y otra para la cabeza. Y me sentí en España. Porque eso hacían mi abuela, mis tías, mi madre. Y cuando empezamos a comunicarnos en los ensayos, sentí que pertenecíamos al mismo país. Con los ecuatorianos yo me sentía extranjera, y con los dos argentinos me parecía estar en casa. Fui a Ecuador por amor, para hacer la revolución, y me encontré con dos que habían fracasado en hacer su revolución en su país, y el amor fue muy fácil entre los tres y la comunicación en el escenario también.

–¿Cuándo comienzan a salir de Ecuador con Malayerba?

ChF: –No sabemos cómo ni cuándo empezamos a ser reconocidos internacionalmente, como casi todas las cosas que nos han ocurrido. Un buen día nos invitaron a un festival internacional de teatro en Córdoba, en 1984, aquí en Argentina. Para El Negro (Arístides Vargas) fue una gran alegría, porque podía volver a su país casi después de diez años. Pero esto se mezcla con una gran tragedia: avisa a su familia que va a volver y su papá muere de un infarto. Empezó así de mal. Siguió peor la invitación, porque llegamos aquí y todos los argentinos hablaban de los desaparecidos y había fotos de niños por todos lados. Entonces yo perdí el habla, porque era demasiado, era demasiado lo que me decían, me quedé sin voz. Me llevaron a una foniatra, que me hizo llorar y cuando lloré salió la voz, en el llanto. Pude hablar, puede hacer la función. Le preguntamos a la persona que dirigía el festival por qué nos había invitado, y nos dijo que nos había recomendado un español, que estaba en el festival, Luis Molina. Fui a verlo y le agradecí que nos recomendara, y entonces me dijo: "Yo nunca los recomendé. Yo nunca los he visto a ustedes." Y ahí quedó. Y empezamos a ser famosos ahí nomás.

AV: –O sea que la fama puede ser perfectamente una casualidad y un accidente. En Córdoba presentamos una obra de otra argentina exiliada, María Escudero, la fundadora del grupo Libre Teatro Libre. Susana (Pautasso) era una actriz de ese grupo. María Escudero compartió con nosotros en Ecuador algunos trabajos. María murió en Ecuador hace unos años, siento mucha pena por ella, ella muere fuera de su país, en un proceso de olvido, que es otra forma de no morir bien. Hay que morir recordando, que ésa es la forma de morir bien. En Córdoba sale una crítica extraordinaria de nuestro espectáculo y se nos acerca mucha gente.

–En la Argentina se estrenan todo el tiempo tus obras. ¿A qué atribuís este interés por un teatro que toma siempre los temas de la memoria, el exilio, la patria, la pérdida?

AV: –Creo que mis obras hunden sus raíces en la realidad argentina. Yo no escribo para argentinos, pero los temas y las raíces de lo que estoy hablando están relacionados profundamente con la Argentina. A los ecuatorianos les resulta extraña esta teatralidad mía. Escribo en ese fragmento, en esa territorialidad en la que no puedes tener apego ni sentido de pertenencia. Todavía en el exilio. La mía es una dramaturgia exiliada, por lo tanto mis obras nunca transcurren en un lugar específico. Los personajes siempre se encuentran en espacios muy solitarios y grandes. Salir al exilio es muy fácil, y es muy obvio por lo que uno sale, pero retornar es muy difícil.

–Algunos exiliados del teatro argentino decidieron no volver: Alberto Adellach, Manuel Puig...

AV: –Sí, es difícil. En aquellos años nadie podía exiliarse tranquilamente. Fue una época terrible para la Argentina y para toda América Latina. Mi familia fue muy golpeada, con mi exilio, la muerte de mi padre, y mi hermano preso en Rawson. Sobre él escribo mi obra La razón blindada. Yo no supe, hasta unos años después, cuando me informa la oficina del exilio argentino, qué había pasado conmigo. Tenía 20 años, era un niño, estaba estudiando teatro. En aquella época ser joven era un peligro. No sé si es bueno volver sobre estos temas, sé que es necesario, pero no sé si es bueno. Fue trágica mi salida, y me quedo en Ecuador porque allí me retiran el pasaporte. En aquellos años estaba la Operación Cóndor, trabajaban todas las dictaduras juntas. Entonces te sacaban el pasaporte y, para recuperarlo, tenías que entrar a la Embajada Argentina, y ahí la policía te detenía. Con el apoyo de algunos argentinos en Ecuador y de muchos locales me quedo ilegal, y así estuve sin pasaporte muchos años. No podía salir, no tenía documento, yo no tenía nacionalidad entonces.

ChF: –Le explicamos a un cura lo que nos pasaba. El Negro iba por la calle y de pronto empezaba a correr, él se daba cuenta cuando había policías encubiertos, él los veía desde lejos. Y era un buen atleta, corría, corría, corría... Le hicieron un pasaporte falso, o sea que la Iglesia que ha sido tan cómplice de las dictaduras por un lado, también ha tenido honrosas excepciones, como en el caso de él.

AV: –Esto fue cerca de la Guerra de Malvinas, posteriormente la dictadura se precipita. Yo no sabía por qué me perseguían. Me enteré a través de las organizaciones de Derechos Humanos que se me atribuía un ataque a un cuartel policial, imaginario, con la muerte de un policía, con un montón de gente más que nadie conoce, nadie sabe... Son las cosas que se hacían en la época, tenían que llenar una ficha.

–Como le hicieron a Antonio Di Benedetto también en Mendoza.

AV: –Lo de Di Benedetto fue terrible, no se recuperó nunca más, una persona que nunca hizo nada y que de pronto, de manera totalmente arbitraria, represiva, asesina, te sacan de tu casa y te ponen un prontuario, te ponen preso, te torturan... Uno no entiende nada, uno se vuelve loco. Empecé a volver a la Argentina...

ChF: –A la Argentina no, a la casa de tu madre. Porque Arístides no podía hablar con nadie, no podía llamar a sus amigos, no podía... Sólo estabas con tu madre.

AV: –Sí, la experiencia argentina es tan traumática, a uno le cuesta mucho salir del trauma. Muchos escritores y dramaturgos seguimos escribiendo de manera circular sobre el mismo tema, de alguna u otra manera, porque sencillamente nos cuesta salir de ese lugar espantoso que es el lugar del dolor histórico. Yo venía y sólo iba a Mendoza a ver a mi madre, porque había una escisión entre la Argentina y lo que yo era. Esto me ha llevado mucho tiempo. Ahora vuelvo con mucho gusto a Buenos Aires, vengo con mucho agrado a la Argentina y agradezco a los diferentes grupos que ponen mis obras en el país. Me devuelven... Me ayudan... Es como si alguien me agarrara del brazo y me ayudara a volver.

Viajar desde el nacimiento

Arístides Vargas es un dramaturgo excepcional, dueño de una poética singularísima, de alto valor literario, barroca en su estructura y en la sobrecarga de sus hermosas metáforas, que transforman la visión de lo cotidiano. Sus personajes regresan con variaciones a las mismas obsesiones: el viaje, la memoria, la pérdida, la identidad. La violencia y el desarraigo. Y sin embargo, el humor siempre se hace presente. Hace años atrás, el Instituto Nacional de Teatro recogió en un volumen de distribución gratuita una selección de sus textos. Ahora, la Universidad Nacional de San Luis acaba de publicar dos tomos con sus piezas: en el primer volumen, Jardín de pulpos, La canción de la liebre, La casa de Rigoberta, Danzón Park; en el segundo, La exacta superficie del roble, La razón blindada, Foto de señoritas y exclusas. Para Vargas, esta edición es un gran acontecimiento, que contribuye a difundir su teatro en la Argentina. "Mis libros –asegura el fundador de Malayerba– están editados en diferentes países y muchas de mis obras no se conocen aquí, porque las editaron en México, Cuba, España. ¿Por qué me publica la Universidad de San Luis? Es muy gracioso. Yo nací en Córdoba y, apenas nacido, mi familia se traslada a Mendoza, y entre el traslado de Córdoba a Mendoza mis padres me anotan en San Luis. Desde mi nacimiento yo ya estaba viajando... Es decir que no paré en realidad... Los puntanos dicen que me editan porque de alguna manera yo también soy de San Luis."

Flores azulinas

Actualmente, en Andamio 90 (Paraná 660), se presenta una versión de Flores arrancadas a la niebla, de Arístides Vargas, con dirección de Ana Woolf y actuaciones de Natalia Marcet y Cecilia Ruiz. "Qué bueno, qué alegría –afirma Vargas– saber que aquella obra escrita hace años, como ejercicio sobre el exilio, sea puesta en el lugar perdido: Argentina. Que en la obra se llame España es un detalle. De todos modos aquel lugar ya no existe, sólo existe cuando alguien lo edifica como ficción (teatro) o como imagen (memoria). El exilio es un lugar que se sitúa en la espera, un lugar perdido al que esperas volver, por lo tanto es idealizado, y por esto mismo no puede existir; puede ser un país, pero también puede ser una persona, un afecto, una tarde a la que quisieras volver, que por supuesto no existe más que en la ensoñación de aquella tarde perdida para siempre."

La obra narra la historia de dos mujeres, migrantes, en una estación de trenes en algún lugar, que atraviesan dolorosamente una frontera. El bello título se refiere a las flores de las montañas en Ecuador: "Estoy junto a las flores azulinas condenadas a vivir en la niebla, si las cortara morirían en minutos, estoy junto a ellas sujetas al lugar donde nacieron, sujetas ellas a su luz, no toleran la luz de otro lugar, estoy junto a estas flores que se niegan a conformar un catálogo de flores muertas, estoy dispuesta como ellas a desintegrarme en polvo diminuto, estoy fuera de mi luz, deslucida, arrancada de mi luz estoy."

Fuente: http://tiempo.infonews.com/2012/08/12/suplemento-cultura-83299-la-dolorosa-experiencia-del-exilio-politico-transformada-en-teatro.php

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